





El autor fue en su día un ejecutivo corporativo en Suecia que, a los 26 años, abandonó su carrera para convertirse en monje del bosque en Tailandia, pasando 17 años en práctica monástica. El libro destila las reflexiones acumuladas en esos años.
La frase se presenta como una herramienta para aflojar la certeza rígida y aliviar el sufrimiento mental que surge de identificarse demasiado con los propios pensamientos, fomentando la humildad ante cualquier convicción.
Escrito después de que Lindeblad fuera diagnosticado con ELA, el libro combina humor y vulnerabilidad en una reflexión honesta sobre la impermanencia, el ego y lo que realmente importa cuando la vida se acerca a su fin.